Para completar la enumeración de grupos que podrían emparentarse con los Adamitas, acerco en esta segunda y última parte, a otros tres casos.

Veamos el primero: El siglo XV vio nacer a una nueva versión de los Adamitas, emparentados con los Begardos alemanes, los cuales sólo sobrevivieron dos siglos; hablamos de Los Picardos. Desde tierras alemanas, llega a Bohemia un hombre elocuente llamado Picardo, quien comenzó a predicar unas ideas que asemejaban un Adamismo renovado. Este nuevo líder, además de suponerse hijo de Dios, se proclamaba enviado suyo, cual un nuevo Adán, comisionado para restablecer entre los Hombres, la Ley de la Naturaleza, la cual consistía para él, en el ejercicio de la poligamia, y de la desnudez. Se hizo de un gran número de seguidores, a quienes atraía con una serie de misterios y unos milagros formulados -según Moreri- “con la mayor sutileza y apariencia de verdad”. Estos gnósticos Adamitas, abolieron el matrimonio, pero los hombres aceptaban la obligación de solicitar a su jefe la bendición pertinente cada vez que sentían preferencia por alguna mujer. La fórmula era la siguiente: ”Marchad. Creced y mutiplicáos!”.

Una isla en la ribera de Lusmik (a siete leguas de Tabor), fue el enclave principal de los Picardos. El general Ziscar, jefe de armas de la antecitada ciudad que hoy pertenece a la República Checa, arremetió contra el conventículo Picardo Adamita en respuesta a una incursión de los pretendidos herejes contra las casas de la campiña vecina, hecho que revistió todas las características de un saqueo barbárico, que habría dejado un saldo de unos doscientos muertos. Ziscar fácilmente se apoderó del enclave, todos los Picardos fueron pasados a cuchillo. Todos menos dos que fueron dejados con vida, a fin de recabar información acerca de las doctrinas y ceremonias del grupo.

Ninguno de los mártires Picardos mostró temor o desesperación ante la inminencia de la muerte. Serenidad y hasta alegría fueron la respuesta a la brillante sed de los filos.

Más o menos en los mismos días, no faltó quien asegurara que los Anabaptistas (un grupo que siempre fue objeto de calumnias y confusiones) habían renovado los procederes de los Adamitas, ya que también se los acusaba de practicar la desnudez. En 1535 Amsterdam, se vió convulsionado por una horda de personas de alta alcurnia, que se lanzaron desnudos a las calles. Tal era su éxtasis, que ese 13 de Febrero muchos fanáticos desnudos se subieron a los árboles y, rechazando todo alimento, se dispusieron a esperar que el “Maná” les cayera del cielo. Muchos fueron recogidos del piso días más tarde, famélicos y exhaustos. Este alboroto tuvo un precedente, un mitin en una casa de la “Calle de las Salinas”, inmueble perteneciente a un Juan Siberto, en el que el orador llamado Teodoreto Sertot, que se creía profeta, puesto de rodillas en medio del grupo de siete hombre y cinco mujeres que lo oían, dijo haber visto y oído a la “Suprema Majestad”, quien le había recorrer el Paraíso y Los Infiernos, entregándole a su vez, información de primera mano acerca del Día del Juicio Final, el cual era inminente. En otra reunión celebrada ese mismo día, estos supuestos Adamitas Anabaptistas conferenciaron y oraron durante unas cuatro horas, después de las cuales, el pseudo profeta Teodoreto ordenó a sus fieles que siguieran su ejemplo, entregando, acto seguido, sus ropas al fuego de una hoguera. Una vez completado el sacrificio textil a la Divinidad, se lanzaron desnudos a las calles, asustando a la población. Su desmán no duró mucho tiempo, fueron aprisionados y llevados ante un juez. Se les ofrecieron nuevos ropajes, los cuales rechazaron. En Marzo de ese mismo año se dió muerte a los siete hombres, y no tardaron en seguirles en su derrotero otros nueve compañeros de credo.

El tercer y último de los grupos que creo, merecen una mención, son aquellos que aparecieron en Francia durante el reinado de Carlos V, y que habitaron la Saboya y el El Delfinado. Los llamaron “Los Turlupinos” (Les Turlipins), nombre de etimología incierta, y se les imputaban unos procederes y creencias coincidentes con las que he cifrado en los párrafos anteriores, pero de las que es menester destacar su predilección por la oración mental (algo poco común en esa época), y su afectado espiritualismo, que contrastaba con sus actitudes cínicas (la adjetivación es de Grijalba). Estos ascetas licenciosos, que gustaban de practicar el comercio carnal a plena luz del día, se dieron a sí mismos el nombre de “La Fraternidad de los pobres”, y si bien se hicieron de un cuerpo de numerosos practicantes, fueron perseguidos crudamente y reducidos hasta su desaparición, en relativamente poco tiempo.

A lo largo de estas dos publicaciones, he querido darles un perfil del Adamismo; ahora creo que es menester acercarles una breve y asombrada opinión.

Algo me resulta llamativo de esta corriente, y es su inflamado interés por retener algo que consideraban propio por derecho divino, la inocencia. Quizás esto nos resulte extraño hoy en día, porque el artículo de la Ley, ha reemplazado al artículo de Fé, y porque ya nadie se sabe culpable desde su nacimiento. Sin embargo, también es cierto que hoy, ya lejano el fervor Adamita, muchos presumen de su inocencia, aún cometiendo la más aborrecible indignidad.

Sostengo además, que si bien los mentados excesos atribuidos a los Adamitas de todas las épocas, sean difícilmente comprensibles, uno en particular, la desnudez, podría ser entendido como una interpretación paroxística de esa añorada inocencia original.

Quien es verdaderamente inocente, anda desnudo, y su alma, y las voliciones de su alma, ya sin ropajes extraños, tienen el fulgor inequívoco de una de las mil caras de la Gnosis.