Debo a un tal “J. de Grijalba” y a su artículo en la “Enciclopedia Española del Siglo XIX”, la mejor crónica que he encontrado acerca de los Adamitas, sus supervivencias, renovaciones, y también el perplejo motivo de esta nota. A pesar del cariz estilístico decididamente católico del artículo -quizás el “Zeitgeist” de su momento-, y de la redacción más temerosa del editor, que de la Divinidad, creo que es un buen punto de apoyo, para mentar para Uds, esta reseña.

La Gnosis ,ese conocimiento especial, es una gema de mil caras, de las cuales quizás sólo nos esté dado divisar unas pocas. Aquellos que juraron -o prometieron- el conocer el resto, en muchos casos no estaban faltos de excentricidades. Uno de estos casos, es el de los Adamitas.

El problema de sus orígenes redunda en disensiones. San Irineo, San Agustín, Clemente de Alejandría, y Teodoreto ,entre otros, difieren en su estudio de esta cuestión; aunque se otorga generalmente el título de fundador de esta secta a un tal Pródico, y como ubicación temporal al Siglo II d.C. Se los supone emparentados con los Carpocracianos, y los Basilidianos, y Epifanio los ubica sin embargo entre los Montanistas y los Sauceanos, omitiendo el mérito fundacional de Pródico, y otorgándoselo a un hombre supuestamente llamado “Adam”, que habría vivido en ese mismo siglo. Epifanio es quien comenta, horrorizado, que los Adamitas, asistían a unas reuniones en las que la desnudez era la regla. Practicaban, según este heresiólogo, sus devociones desnudos, vanagloriándose de su continencia, y haciendo profesión de una vida casi monástica. Las normas del encuentro eran severas: Aquél que osara cometer alguna falta era expulsado del recinto. Esta normativa explica y sustenta el nombre de la secta, y de su lugar de reunión, convenientemente denominado “El Paraíso”. Como en otros casos, no admitían el matrimonio, pero los Adamitas lo hacían esgrimiendo la siguiente razón: Adán no conoció a su mujer si no hasta haber salido del Paraíso, y dado que el Creador había reparado ya la falta del Padre común, ellos se encontraban en el estado de “inocencia original”, ventaja que amparaba simultáneamente a su aversión sacramental y su nudismo.

La Historia de las herejías, ha cifrado una polémica alrededor de estos creyentes. Sus líneas se debaten sobre el hecho de si los antiguos Adamitas o Adamianos, transitaban desnudos por doquier, o si sólo se desnudaban en sus reuniones. Algunos, mayormente escépticos, han llegado a pensar que quizás nunca admitieron ese precepto, a pesar de que la falta total de ropajes, fue una de las características distintivas de los seguidores de Pródico.

Discuten en sus tratados, sobre esta materia, San Epifanio, y Clemente el Alejandrino. El primero, que es uno de los que aboga por la desnudez de los Adamitas, niega que haya sido un intento de emulación de los Padres Comunes, y lo atribuye, más bien, al indecoroso deseo de excitar las conciencias mediante la contemplación del sexo opuesto. El segundo, que sostenía también la existencia de unos Adamitas distintos de los de Pródico, nos ofrece un argumento en contra de esta aseveración, cuando afirma que la reuniones de éstos, se llevaban a cabo en una cómoda oscuridad, que ayudaba a evitar la vergüenza de verse desnudos los unos a los otros. No obstante, se admite hoy en día que, si bien los partidarios de Pródico también apagaban las luces durante las reuniones, lo hacían para entregarse a ciertos excesos, con aquellas mujeres que habían elegido previamente, a plena luz. Otras discusiones versan acerca de si aceptaban o no la oración, o bien, acerca de si cometían o no, los excesos que se refieren anteriormente.

El Jesuita Moreri -que sigue a San Irineo- no duda en enlazar a los Adamitas, con unos herejes que el Santo, sin nombrarlos, colecta en su exégesis; y cuyas doctrinas comportaban una correspondencia con la de los Basilidianos y Carpocracianos, que abogaron por la poligamia, ofrecían dotes a “entidades paganas”, entre otras similitudes. También se acusa a los sectarios de Pródico de descreer de la unidad de Jesucristo, y de jactarse de poseer algunos de los libros secretos del Zoroastrismo.

El Adamismo tuvo sus resurrecciones, aunque en esta entrega, sólo daré cuenta de ésta: Moreri nos comenta, que esta secta fue renovada en Amberes, por un tal Tandemo, hacia el año 1124. Venido de Alemania, el elocuente Tandemo no tardó en ganar prosélitos para su causa; se dice que llegó a tener a unos tres mil hombres armados y decididos, que le asistían en la propagación de sus dogmas.

Se le acusa de defender las siguientes ideas, a saber: el carácter espiritual del comercio carnal con una mujer casada frente a su marido, o con una hija delante de su madre; la falta de distinción entre legos y ordenados, la falta de toda virtud y eficacia de la Eucaristía; entre otras cosas. Sus seguidores profesaban un fanatismo tal por este hombre, que consideraban una milagrosa reliquia el agua en la que Tandemo se bañaba. La muerte del líder de los Tandemos o Adamitas de Amberes, fue tan curiosa, como su prédica: invitado a un viaje en barco, fue golpeado en la cabeza por un sacerdote cristiano que se hallaba a bordo, consecuencia de lo cual perdió la vida.

Luego de su muerte, se hicieron ingentes esfuerzos para que los seguidores de Tandemo volvieran a la Iglesia, consiguiendo un sacerdote llamado Norbert, numerosos éxitos, entre los cuales se cuenta también la devolución de algunas hostias consagradas que los Tandemos conservaban ocultas desde hacía una década.

Hasta aquí, este racconto parcial del Adamismo. Prometo en la siguiente nota, completar las versiones y avatares, de estos creyentes desnudos.